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cuento
La mujer de blanco
por Raphael Ficher |
Era una noche fría y oscura. Una noche sin luna, donde solo las estrellas miedosas aparecían en el firmamento Riverense mostrando su luz casi apagada. Caminaba sólo por la calle Brasil sintiendo el frío en mi pecho y el eco lejano de mis pasos que buscaban refugio en la oreja de algún cuzco que revolvía alguna bolsa y me miraba con ojos de niño sin madre. Las luces de la mitad de la calle estaban medio apagadas. La vereda agrietada por las raíces de los paraísos no daba descanso a mi paso fugaz, y detrás de mi, un enmarañado de sueños se me enredaba en los talones. Había pasado de largo ya la Plaza de Deportes en dirección a la polvorienta calle Ansina, que corta como un cuchillo herrumbrado la quieta avenida. Dentro de las casas, sólo gente durmiendo y alguno que otro borracho gritándole a la noche. Cuando me acercaba inexorablemente a la esquina más ventosa de la dormida avenida, pude sentir un frío hirviente que me trepaba por los huesos. Era como si el tiempo se hubiera detenido dentro del ojo callado de una tormenta. Había algo allí, a la vuelta, que gemía y que parecía sangrar una sangre fría y acartonada. No quise parar (parando reafirmaba mi miedo) y el gemido largo y lastimero, como el de un gato atado por diez años, seguía en aumento. “Es un borracho; es un mamado medio loco”- pensé, aferrándome a la realidad. Al llegar a la turbulenta esquina la vi… Estaba allí parada, como si me hubiese estado esperando toda la noche, con su cara de vieja triste, con la boca negra abierta gritando de dolor y de miedo. Era la tan famosa Mujer de Blanco, que tanto había deseado ver, pero ahora que la tenía de frente, con sus manos extendidas para mí en actitud de caricia o plegaria, con sus diez uñas podridas y embarradas, con sus ojos blancos como la luna llena y sin vida, pedí a Dios estar bien lejos de aquella aparición. Sentí en un momento sus manos en mi rostro paralizado, su grito oscuro en mi oído y vi su ropa de trapos descoloridos por su eterno vagar por las calles de Rivera. Traté de rezar, pero no pude. Su voz penada me cubrió el alma y sentí su frío rostro rozando mi hombro y mi cara en su búsqueda de algún cariño perdido en vida. Mi boca se abrió, y el alarido surcó el barrió provocándome un súbito desmayo. Al despertar, el día ya quería nacer por entre las cuchillas, y nuevamente estaba sólo, con un trozo de trapo blanco en mi apretada mano derecha y la voz de aquella muerta perdurando en mi memoria aterrada.
Eduardo Raphael Ficher, 29 años, docente de UTU
Ilustración Marcelo da Luz
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