 |
cuento
El “Capa Preta”
por Marcelo da Luz |
Cuando Camila salió de la casa de su amiga Valeria, ya era casi media noche y la profunda oscuridad cubría el paisaje repleto de vegetación y algunas casas abandonadas, como el tiempo que pasaba sin previo aviso.
“¡Nos vemos pronto!” gritó Valeria desde la puerta de su residencia de paredes antiguas pero de aspecto acogedor. Camila la saluda con la mano y la noche la absorbe con una voracidad espectral. Ella cuenta ahora con la ayuda de sus pasos, la tímida luz de la luna menguante y la fe que aprieta fuerte con su mano derecha. El rosario de plata fue el ultimo regalo que le dejó su madre antes de morir.
Camila tiene que caminar cinco cuadras antes de llegar a su morada, donde vive con su vieja pero fuerte abuela Lucy. Su padre Eulalio vive ya con otra mujer. Mientras camina y escucha el ruido de sus zapatos contra las pequeñas piedras de la calle, trata de pensar en los buenos momentos que pasó con Valeria esa tarde y en todos los proyectos que hicieron para el futuro. Pero hay algo en su memoria que no la deja en paz. Prefiere simplemente soportar el trayecto difícil hasta su hogar, con bultos y gemidos de animales nocturnos, que recordar lo que le dijo Valeria sobre un tal de “Capa Preta”.
Optó por no importarse con los rumores sobre un hombre que aparece en la noche para seducir y atacar mujeres. “¡No!” Ordenó a su mente con énfasis, como prohibiéndola de expresar imágenes de miedo. Su mano, ahora mojada de sudor, bañaba la pura plata del crucifijo, que de tanto presionarlo le hacia llagas en su mano suave y adolescente.
“¡Faltan solo dos cuadras!” pensó Camila, mezclando pasos con pequeños trotecitos, como queriendo salvar su piel de algo que en el fondo no entendía. A esa altura su único consuelo era rezar mirando de tanto en tanto las estrellas y pedirle a Dios el tierno abrazo de su abuelita antes de dormir.
En ese momento su cuerpo se detiene. Delante de sus ojos, la luna cómplice construye de una silueta grotesca e inerte. Usando una capa tan negra como la propia noche, un ser la observa con sus ojos tan brillantes como los caninos de un lobo. Era casi imposible ver bien su rostro, pero su presencia era fría y aterradora.
Camila debía contar en aquel momento con toda su inteligencia emocional. Decidió continuar caminando, aunque el pánico corría por sus venas sin tregua y sin misericordia. Arrancó fuerzas desde lo más hondo de su ser en el nombre de la vida feliz que, a pesar de los tantos golpes que había sufrido, llevaba con sus seres más queridos.
Siempre se propuso metas en la vida y siempre las alcanzó con esfuerzo y esmero. Pero este parecía ser el objetivo más desafiador de todos. Llegar a casa sana y salva. No lo miró. Su voz suave como el terciopelo emitió un “Buenas Noches”, dulce y típico de una joven mujer de diecisiete. “¡Buenas Noches!” Le respondió con un tono grave la figura que se confundía con el color oscuro del paisaje nocturno. Luego del saludo, Camila sintió que el tiempo se hizo más corto. Una sensación de alivio cubría su alma tan cálidamente como el calor de las manos de la vieja Lucy.
Al entrar en su casa percibió que su abuela dormía profundamente. Sobre la mesa de la cocina encontró un billete escrito con lápiz negro en un trocito de papel. “En el horno hay una torta de manzana para ti. Te amo. Hasta mañana.” Los momentos de angustia de Camila se disolvieron totalmente al leer aquel billete tan tierno y lleno de afecto. Ahora sí pudo afirmar para sí con convicción y sin lugar a dudas: “Estoy segura… Estoy en casa.”
Marcelo da Luz, 37 años, artista plástico y diseñador gráfico
Ilustración Marcelo da Luz
|
|