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cuento
El Lobisón
por Mercedes Ortiz |
Nunca conocí a alguien tan bueno como Esteban, y quizás por eso me chocó tanto cuando incendiaron su casa. Aquellos salvajes, que andan por las calles como dueños de la verdad, pero no son capaces de cultivar un único sentimiento libre de odio o maldad…
Era un muchacho sencillo, bastante más joven de lo que aparentaba, pero avejentado por las muchas tragedias que tuvo que superar en su corta vida.
Vivía en una casa chica, con más agujeros que madera, por la calle España. Desde lejos se veía aquel viejo sauce que vertía su llanto sobre el techo de chapa.y el pozo que regalaba el frescor de sus aguas tranquilas aún después de que el ranchito fuera destruido con toda su historia.
No me sorprendió cuando me dijo que iba a partir, que ya estaba harto de las miradas y de tanto sufrir.
Aún sabiendo que el barrio siempre viviría en sus recuerdos más dulces, junto a las tardes de verano bajo el ombú y los paseos de bicicleta hasta la Virgencita, su corazón no podía ignorar que Pueblo Nuevo jamás sería lo mismo sin Don Chico. Y la casa ahora no era más que una tumba vacía que lo sofocaría hasta la propia muerte.
Pensé que eran sólo palabras, y que verdaderamente nada en el mundo podría separarnos, tal como juraban nuestras iniciales incrustadas en el tronco añejo
Llorando le dije que lo amaba más que a todo, y que no me importaban las miradas, ni el desdén de los vecinos, ni mucho menos la maldita maldición que constantemente amenazaba con separarnos
Jamás le hizo daño a nadie, jamás… De eso estoy segura, sin la duda más mínima, pero la muerte de su padre hizo que el animal despertara. No era rabia, y mucho menos maldad; nada de eso. Era más bien una indiferencia por todo lo “humano”, todas las convenciones que lo aprisionaban a él con más ahínco que a cualquiera de los demás.
Ya no soportaba la hipocresía ni el juego de apariencias, ya no quería vivir de mentiras ni desayunar ilusiones ni promesas rotas
Y fue así que un día desapareció sin dejar otro rastro que un dolor rancio y una casa olvidada.
Dicen que se entregó al espíritu que llevaba dentro, el que clamaba a la luna por libertad y que lo atormentaba en luchas estériles por interminables madrugadas.
Hay quienes aseguran que ronda por el barrio de vez en cuando, oculto entre las sombras; y el único indicio que delata su presencia es un lamento profundo y lastimero que desgarra la noche.
Mercedes Ortiz, 29 años, secretaria de la Sociedad de los Poetas Jóvenes
Ilustración Marcelo da Luz
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