 |
cuento
El Chupacabras
por Nicolás González |
Esa noche parecía otra noche de tantas… Me encontraba retornando a casa por la misma calle como lo hago siempre, por Aparicio Saravia. Era una noche tranquila, un suave viento movía las hojas y todo sucedía con la mayor normalidad. Seguí caminando tranquilamente, tarareando una de mis músicas favoritas, hasta que percibí un ruido infernal que provenía de la pista de guerra.
Era como el ruido de un animal al que le están arrancando sus miembros o torturando de la mejor manera posible. Este ruido me sorprendió de tal manera que busqué a mi alrededor con el fin de encontrar a alguien para comentar este hecho. Vislumbré una persona que se acercaba y le pregunté que podía ser eso, y ella me respondió que podrían ser animales peleando. Le pregunté si se podría entrar a observar y si me quería acompañar, pero ella me dijo que no y me advirtió que no lo hiciera.
Yo, acostumbrado a la noche y a recorrer el campo como la palma de mi mano, comencé mi aventura. Al principio sentí bastante miedo, pero nada que me llevara a volver. Comencé a caminar por el campo, y cuanto más me acercaba más fuerte se escuchaba el ruido. Seguí caminando, pero de repente el ruido se detuvo.
Al no escuchar el ruido, lo que me restaba de valentía desapareció. Apuré mi paso y vislumbré un bulto blanco entre la gran oscuridad. Me acerqué con muchísimo cuidado y percibí algo que a lo que podría llamar “trozos” de una oveja.
Al apreciar ese terrible acto de horror, mi corazón comenzó a mil y mis piernas se pusieron a temblar. Seguí observando los restos de la oveja, hasta que sentí claramente que algo pasó corriendo detrás de mí. En vano, recorrí todo el lugar con la mirada, hasta que percibí algo a unos diez metros. Con toda la va del mundo y con el tembleteo de mis piernas me fui acercando.
Cuando llegué a una distancia razonable recién percibí lo que era. No lo podía creer: era la viva imagen de un anciano encorvado de muy corta estatura, con la ropa toda rasgada, algunos pocos pelos blancos y unos ojos al rojo vivo que yo puedo jurar nunca haberlos visto antes. Tenía la boca cubierta de sangre, con apenas pocos dientes; pero por sus dimensiones puedo afirmar que eran indestructibles.
Al ver esto, no sé si por reflejo o por mi propia voluntad, corrí lo más rápido que pude. Para mi desgracia, sentí que este bicho me perseguía. En ese momento pensé que era mi fin. Sentí que había llegado al fin de mi camino, pero cuando miré de nuevo hacia atrás no había mas nada. Llegué al alambrado y no recuerdo si me tiré o salté, sólo sé que corrí como nunca lo había hecho, hasta llegar a mi casa.
Les conté a mis familiares lo que había visto y lo de este animal que tiempo después descubrí que se conocía por el nombre de Chupa Cabras, pero ninguno de ellos me creyó. Esto ya ha pasado hace un buen tiempo, pero en mi memoria nunca se borrará la imagen de aquella atrocidad
Nicolás González, 16 años, estudiante y escritor
Ilustración Marcelo da Luz
|
|